De Mila para Jon.
Estoy cansada del fondo de armario. Y con esto no quiero decir que quiera desterrar a los básicos de mi vida al País de Nunca Jamás. Me explico. Desde que leo revistas de moda (y eso es mucho tiempo) sus páginas me han educado para que no pueda vivir sin una petite robe noire, una camisa blanca de algodón o unos pantalones vaqueros. Hasta aquí, bien. Yo también estoy de acuerdo. Sin embargo, nadie me ha dicho nunca por qué tengo que tener un vestido negro. Cómo combinarlo para el día y para la noche, sí. Pero ¿cuál es el secreto de su fuerte personalidad? Las ventajas de llevarlo, también las sé. ¿Podría alguien contarme ahora cuáles son sus inconvenientes?
No sé. Creo que el problema es que todo el mundo dice lo mismo. Por eso, hoy me apetece darle una vuelta a las profundidades del guardarropa. En versión mixta: para chicos, chicas, animales y plantas. Hoy, te voy a contar lo que nunca nadie nos a contado a ninguno sobre la página de las prendas imprescindibles.
1. La camiseta básica blanca. O negra. Tal vez gris.
Encontrar la camiseta perfecta no es fácil. A veces, no nos gustan las mangas; otras, no nos entendemos con el cuello. ¿Y qué decir del tejido? Yo he llegado a la conclusión de que no hay nada más difícil que dar con ella. Y, para hacerlo, no hay consejos que valgan: la única manera de conseguirlo es probártela. Probártela, probártela y probártela. Nunca te compres una básica sin probártela antes porque, aunque cabe la posibilidad de que tengas suerte y encajéis, lo más seguro es que no te quede bien y acabes usándola para estar en casa o, peor aún, para esconderla debajo de los jerséis. Por otro lado, soy bastante partidaria de las tijeras: sé creativo. Lo de pasarte de talla y darles un par de vueltas a las mangas nunca falla. Nunca. ¿Cortes de circulación? No, gracias. Prueba a ponértela con un collar de piedras preciosas (de las de verdad) montando el resto del estilismo como si no llevaras piedras preciosas. Lo más.
2. Los pantalones vaqueros.
Ante todo, no te pongas nervioso. Sí, ya sé que es como estar delante del escaparate de una pastelería y que haya un millón de variedades de dulce para elegir. Pero a veces hay que renunciar a la nata. Para mí los mejores jeans son los que no llevan NADA más. Y cuando digo nada, quiero decir nada. Así que fuera cremalleras, desgastados, rotos, falsas arrugas, multibolsillos, strasses y demás abalorios. Bien. Una vez superada esta fase, puedes elegir el corte que más te apetezca. O el que mejor te quede. Apunte: los vaqueros, al contrario de lo que nos han hecho creer, no son aptos para cualquier situación. El denim, sólo en su momento. Y ya.
3. La camisa blanca.
No entiendo a esa gente que dice: “Yo nunca me pongo camisa”. Me parece una actitud un poco de incultura de moda. De falta de educación estética. Porque, por muy informal o deportivo que sea tu estilo, en él siempre hay (y debe haber) cabida para la camisa blanca de algodón. Sobre todo si trabajas entre cuatro paredes. O si no tienes ganas de pensar quémepongo por las mañanas. Además, esta prenda no tiene por qué ser seria. ¿Qué tal si la combinas con unas bermudas vaqueras deshilachadas y cara de confusión? Eso sí: las chicas, que las elijan de chico. Y los chicos, también de chico. Por favor.
4. La americana.
Seguimos un poco en la línea del apartado anterior. Así que, antes de nada, pregúntate a ti mismo: ¿Y por qué no? Las blazers no muerden. En todo caso, te ayudan a comerte el mundo. Aquí, aunque pueda parecer antiguo, el protocolo manda. Yo estoy muy a favor del protocolo: deberían enseñarnos protocolo desde pequeños, igual que nos dan clases de inglés, nos obligan a lavarnos las manos antes de comer o nos dicen que pidamos las cosas por favor. De hecho, creo que las buenas costumbres de moda, ésas que suenan a siglo pasado, nunca deberían perderse. Porque lo moderno de verdad sería ser un caballero que nunca sale de casa sin ponerse el sombrero. Pero esa ya es otra historia. Ahora lo que nos ocupa es la americana. De dos botones, de tres botones, recta, cruzada, deportiva, de gala, náutica. Y ya paro porque me faltan líneas. Cómprate un manual de estilo, en serio. Luego ya lleva chaqueta de vestir cuando te apetezca. El giro de la camiseta estampada debajo no lo entiendo. Y, si te pones un pañuelo de seda en la solapa, parecerás un loco. Pero serás guay. ¿Qué tal si eliges una en algún tono empolvado? El azul cielo me gusta. Un montón.
5. Tu jersey favorito.
¿Puede haber algo más necesario que tener un jersey favorito? Ése que te pones con todo. El que metes en la maleta por acaso. El que se lleva bien con todo tu armario. ¿La clave? Apostar por los colores neutros. Si tu mejor suéter es amarillo chillón, a lo mejor se vuelve tu preferido durante una temporada. Dos, tal vez. Pero al paso del calendario no lo aguanta. Empezarás a verlo feo cuando te canses de él. Y entonces te darás cuenta de que en realidad no era para tanto. El mío es gris vigoré, enorme, robado a un amigo (nuestro). A veces también te lo pones tú. Sí, lo sé. Sé que, en el fondo, también es tu favorito.
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Esta es la historia de una puerta demasiado pequeña. Todo empezó cuando Léonard, el peluquero de moda, llegó a la Corte y cambió para siempre la arquitectura del Palacio de Versalles. Con un peinado. Se llama monte-au-ciel y quiere tocar el cielo; como las claras batidas a punto de nieve que nunca paran de subir o como un pastel hasta arriba de levadura.
El romance entre pelo y reina era inevitable: demasiado azucarado para ser mentira. Desde entonces, esa puerta nunca volvió a ser la misma. Se hizo grande. Su marco se alargó hasta el infinito para que ella, María Antonieta, pudiera pasar sin agacharse.
Te cuento esto porque, cuando lo descubrí, estaba tan fascinada que no me lo podía creer. Por bonito, pretencioso y delirante. Por todo lo que significa. Y, aunque ahora no me voy a poner a hacer un análisis profundo, me quedo con el poder de la belleza. Con la belleza del poder. Ahora, si a alguien se le ocurre una forma mejor de explicar el arte, que venga y me lo diga.
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Las piscinas tienen algo especial. A lo mejor es por el color azul. O por el olor a cloro. A mí siempre me recuerdan a urbanizaciones con el césped recién cortado y a aquel motel de Leaving Las Vegas. Pero hay una cosa que, cada vez que me zambullo en la imagen de una piscina, me salpica en la cabeza: la sensación de irrealidad.
Piénsalo. Una estructura hueca de hormigón, pintura plástica y agua del grifo. ¿Puede haber mentira más grande que esa? Yo creo que no. A lo mejor por eso nos atrae tanto el momento chapuzón; es como una artificialidad convenida por todos que nos levanta un cosquilleo de emoción en el estómago. Es la piscina.
Y la verdad es que no conozco a nadie que haya sabido reflejar todo este concepto mejor que David Hockney. Sí, hoy te voy a hablar de arte. Un arte que cuenta historias de California, trampolines y silencio. Ves un cuadro suyo y ya no oyes nada. Son escenas absolutas.
¿A que respiras ese ambiente? Sería genial que nadásemos en él así:
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De Jon para Mila.
Hoy he amanecido con la cabeza en el verano y con el cielo en los pies. Era un sueño en la playa y estaba yo solo o con mucha gente, delante de una noche recién estrenada. Cuando he querido quitarme las legañas y correr a contártelo, ya te habías ido, y por eso he decidido enseñártelo aquí.
El caso es que en mi sueño el mar estaba tranquilo y el sol muy naranja. Hacían buena pareja. Y por eso después de desayunar, he pensado en ponerme encima las últimas horas de luz. Luego todo el tiempo pensando en esto. Y ahora que vamos a cenar, mataría por un delantal con la puesta de sol más bonita del mundo. ¿Estoy obsesionado?
La respuesta es sí. Pero también tranquilo. Como ves, no soy el único.
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