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Look and Fashion

21ene 13

Audrey Hepburn, la mujer tras el mito

“Llegué a esta profesión por casualidad. Era una desconocida, insegura, inexperta y flacucha. Trabajé muy duro, eso lo reconozco, pero sigo sin entender cómo pasó todo.” (…) Me pidieron que actuara cuando en realidad no podía; me pidieron que cantara, cuando no podía cantar, y que bailara como Fred Astaire cuando no podía bailar; y que hiciera toda clase de cosas para las que no estaba preparada. Todo lo conseguí trabajando arduo y enfrentándome a mis miedos.” Audrey Hepburn

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  • INFANCIA

Audrey Kathleen Ruston nacía en Bélgica en el año 1929, como ella misma diría “Nací en Bruselas, Bélgica, el 4 de mayo de 1929… y morí seis semanas más tarde”. Esta crónica de una muerte anunciada se debió a que la recién nacida contraería la tos ferina, durante la cual sufriría un ataque que la dejaría sin respiración hasta que lograron reanimarla. Como se suele decir, aquel día Audrey volvería a nacer.

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Nadie auguraba que la delicada niña llegaría a ser una de las actrices más admiradas del estrellato del celuloide, un camino que sin embargo no sería de rosas. Alberto de Rossi, su inseparable maquillador, insistiría en todas sus películas en resaltar sus grandes ojos, que parecían salirse de la pantalla con una potente carga de expresividad, sin embargo, no pudo ocultar la melancolía de su mirada. La refulgente y admirada estrella guardaba dolorosas heridas que nunca podría cicatrizar. Su infancia estaría marcada por las continuas peleas de sus padres, así como por numerosos cambios de residencia y tres años en un internado, que la convertirían en una niña sensible e introvertida. Sin embargo, serían otros los hechos que más amargamente marcarían su vida.

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Por un lado, el abandono de su padre, Joseph Hepburn-Ruston, cuando tan sólo tenía seis años. Con respecto a esto afirmaría: “…siempre me sentí muy insegura con respecto al cariño y muy agradecida por el amor recibido. Pero el abandono de mi padre en 1935 permaneció conmigo a lo largo de todas mis relaciones. Cuando me enamoré y me casé, siempre viví con el miedo de que me abandonaran”.

Por otro, la frialdad en el trato de su madre, la baronesa Ella Van Heemstra, también sería un leitmotiv en su vida. De ella heredaría su exquisita educación, elegancia y una férrea disciplina fruto de una ética calvinista. A este respecto añadiría: “Mi madre no era una persona cariñosa. Era una madre fabulosa, pero había recibido una educación victoriana basada en una gran disciplina y una gran ética. Era muy estricta, muy exigente con sus hijos. Guardaba mucho amor en su interior, pero no siempre era capaz de exteriorizarlo”.

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Si algo dejó huella en esta mujer, tanto psíquica como físicamente, fue el horror de una guerra que vivió en una Holanda ocupada por los nazis. El 3 de septiembre de 1939, Francia y Gran Bretaña declaraban la guerra a Alemania, dando comienzo la Segunda Guerra Mundial. La baronesa, preocupada por la seguridad de su familia, encontró mejor opción dirigirse a Arnhem, Holanda. El 10 de mayo de 1940, el ejército de Hitler invadiría el país; Audrey acababa de cumplir once años. Durante los cinco terribles años de ocupación, una Audrey con ciudadanía británica y recién llegada de un internado londinense, se veía obligada a cambiar su nombre por el de Edda Van Heemstra y aprender holandés a marchas forzadas.

Con 13 años, la actriz presenciaría el fusilamiento de su tío Otto, hermano de su madre. Su hermano Alexander fue hecho prisionero y permaneció en paradero desconocido hasta el final de la contienda. Y su otro hermano, Ian, uno de los líderes de la resistencia local, era capturado y deportado a Alemania. Su madre colaboraría activamente con la resistencia.

Entre las declaraciones de Audrey al respecto de la guerra afirmaría: “En mi adolescencia presencié el indefenso terror humano, lo vi, lo oí y lo sentí. Es algo que no desparece. No fue una pesadilla, yo estuve allí y todo eso ocurrió” (…) Si hubiéramos sabido que la ocupación duraría cinco años, tal vez todos nos habríamos suicidado. Pensábamos que aquello terminaría en una semana, seis meses o un año… Así fue como conseguimos sobrevivir”.

Durante la guerra, la danza se convertiría en la vía escape del horror para una joven Audrey, cuya principal actividad era tomar clases de ballet con la veterana Winja Marova.

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En otoño de 1944, se libraría en Arnhem una de las batallas más cruentas de toda la contienda. Audrey y su madre huirían para refugiarse en casa de su abuelo en Velp, donde pasaron días enteros sin comer, llegando a sobrevivir gracias a bulbos de tulipán y ortigas. Estas penurias y los largos períodos de ayuno, no sólo tendrían secuelas psíquicas en la actriz, sino también físicas. La joven sufría malnutrición, anemia y acusaba una salud delicada que la acompañaría el resto de su vida.

El 4 de mayo, cuando cumplía sus dieciséis años, la guerra tocaba su fin.

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En 1946 madre e hija se trasladarían a Amsterdam, donde la joven seguiría dando clases de danza con la rusa Sonia Gaskell. Gaskell, viendo las aptitudes de la muchacha, le recomendaría viajar a Londres para cursar estudios avanzados en la prestigiosa escuela de ballet Marie Rambert. Así sucedió, y de nuevo harían las maletas cara Inglaterra. En aquellos meses, las secuelas de la guerra comenzarían a pasar factura, y Audrey tuvo la primera de una serie de profundas depresiones. A pesar de trabajar duro, Audrey no conseguía estar a la altura de las demás en Rambert, pronto se dio cuenta de que no sería primera bailaría, y tampoco contaron con ella para una gira de varios meses que transcurriría por Australia y Nueva Zelanda. Ante esto, y apremiada por la necesidad económica, la actriz cambiaba su aristocrático apellido por uno más artístico, el paterno Hepburn, y comenzaba a trabajar en alguna representación teatral.

  • JUVENTUD

A partir de aquí muchos ya conoceréis su participación en varias obras de teatro, como High Button Shoes, o Sauce Tartare. Y cómo sus aptitudes artísticas, carisma y personalidad la transportaron al cine de la mano del cazatalentos Robert Lennard. Actuaría en las producciones de los mejores directores, y con elencos de excepción. Entre sus obras: One Wild Oat, Young Wive’s Tale, The Secret People, Gigi (en Broadway), Vacaciones en Roma, Guerra y Paz, Ariane, Una cara con ángel, Desayuno con diamantes, Charada, My Fair Lady o Encuentro en París, entre muchas otras.

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Sin embargo, otro de los puntos de su vida estaría marcado por los fracasos de sus dos matrimonios, que desembocarían en sendos divorcios. El primero con el actor, bailarín, cantante y director, Mel Ferrer en 1954. Y el segundo con el psiquiatra Andrea Dotti  en 1969, enlace del que seguramente todas recordaréis el precioso vestido corto de punto rosa con capucha a modo de cuello y un pañuelo a juego acuñado por Givenchy. Al primero de sus maridos se le vio como un oportunista que aprovechaba el talento y la fama de su mujer; y al segundo, como un conquistador empedernido.

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Fruto de sus dos matrimonios, Audrey conseguía el papel que más ansiaba en su vida, el de madre. Con Mel tendría en 1960 a Sean Ferrer; y con Andrea, diez años después, a Luca Dotti. Sin embargo, los cuatro abortos que sufrió a lo largo de su vida, la marcarían hasta el final de sus días. Al respecto afirmaría: “Deseaba tanto tener un hijo que mis abortos me resultaron más dolorosos que cualquier cosa en la vida, incluidos el divorcio de mis padres y la desaparición de mi padre”.

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“Nací con una enorme necesidad de afecto y con una tremenda urgencia de brindarlo. Cuando era pequeña solía avergonzar a mi madre intentando sacar a los recién nacidos de los cochecitos cuando iba por la calle. Soñaba con tener mis propios hijos. Todo en mi vida se reduce a una única cosa: no sólo recibir amor, sino la desesperada necesidad de darlo”.

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Audrey Hepburn se caracterizaría por su enorme personalidad a la hora de seleccionar su vestuario, así como por tener muy claro la imagen que deseaba proyectar a los espectadores de sus filmes. Tal y como reconocerían sus estilistas, “sabía más de moda que cualquier actriz del momento”. Sin embargo, se negó a plegarse a los dictados de la industria. La actriz de metro setenta, con unos famosos cincuenta centímetros de cintura, se vestía de manera sofisticada, se negaba a usar hombreras o llevar tacones altos, y tampoco quiso realzar su busto. En una época en la que las actrices que dominaban la escena brillaban por su voluptuosidad (véase Marilyn Monore), ella enamoraba a la audiencia con su pelo corto y su imagen delicada.

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Su hijo, Sean Ferrer declararía: “Estilo es una palabra que se utiliza para definir muchas cosas. En el caso de mi madre era una extensión de su belleza interior, apoyada en una vida de disciplina, respeto por los demás y esperanza en la humanidad. Era de líneas puras y elegantes, porque creía en el poder de la simplicidad. Si entonces fue atemporal fue porque apostaba por la calidad y si hoy en día sigue siendo un icono de estilo es porque una vez que encontró su look le fue fiel el resto de su vida. No cayó en la moda, y se reinventaba a sí misma cada temporada. Adoraba la moda, pero la utilizaba como una herramienta para complementar su imagen”.

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Pero si un diseñador marcó su carrera y su vida, como gran amigo y confidente, ese fue Hubert de Givenchy. Audrey, se convertiría en la musa del que por aquel entonces era discípulo de Balenciaga (tenía 26 años), y que junto a Christian Dior e Yves Saint Laurent componían las grandes promesas de la Alta Costura francesa. La actriz y el diseñador se profesaban amor y respeto mutuo, de tal modo, que a partir de Una cara con ángel (1956), Audrey incluía una cláusula en todos sus contratos, donde se comprometían a que fuese Givenchy quien diseñaría su vestuario. La fama a nivel mundial del modisto llegaría gracias al inolvidable vestido que la actriz luciría en Desayuno con Diamantes.

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Hubert de Givenchy hablaría así de ella: “Tenía todo: encanto, glamour y una elegancia sobria. Audrey resplandecía igual con un vestido de fiesta como con unas mallas de baile. Su personalidad era más fuerte que su propio vestido”.

La musa transportó su elegancia a lo largo de la eternidad, siendo ya un icono en su época que mujeres como la divina Maria Callas, o la primera dama Jackie Kennedy intentaban emular.

  • RETIRO EN LA PAISIBLE

“Tuve que elegir en un momento de mi vida, o dejar de hacer películas o dejar de ver a mis hijos. Fue una decisión muy fácil de tomar, porque los echaba mucho de menos. Cuando mi hijo mayor empezó a ir a la escuela, ya no pude llevarlo conmigo, y eso era duro para mí, así que dejé de aceptar películas. Me retiré para quedarme en casa con mis hijos. Fui muy feliz.”.

Hasta el final de sus días, luchó para que se respetase su intimidad y tan pronto como pudo se alejó de las candilejas de Hollywood para marchar a Suiza, a su finca de La Paisible, donde podía disfrutar de una vida sencilla y ser tratada como todos los demás.

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Su hijo Sean Hepburn Ferrer diría: “Primero supe que tenía una madre, y que era una madre estupenda. Y luego supe que era actriz y que trabajaba en el cine. Sólo después de mucho tiempo supe cuánto la apreciaban en todo el mundo…”.

En los años 80 conocerá al actor holandés Robert Wolders, al lado de quien pasaría los diez últimos años de su vida. Los dos acabaron residiendo en su finca de La Pasibile rodeados de sus perros, disfrutando de las compras en los mercados, compartiendo paseos y momentos, hasta el final de sus días.

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  • UNICEF

En sus últimos años de vida, Audrey se entregó en cuerpo y alma a ayudar a los más necesitados. Las misiones se llevaron a cabo con UNICEF, en calidad de embajadora de buena voluntad. Durante estos períodos se enfrentó con una devastadora realidad para la que confesó no estar preparada, pero por la que luchó codo con codo con la organización para mutar su amarga cara. Su implicación en la causa fue tan férrea, que envejeció diez años a pasos agigantados y su salud empeoraba sobremanera. La imagen de la actriz en Somalia mostrando una figura extremadamente delgada, con la mirada posada en algún lugar lejos de allí y el rostro desencajado, sosteniendo entre sus brazos a un pequeño niño moribundo, darían la vuelta al mundo reflejando en sus pupilas el dolor y la impotencia que sentía ante tamaña realidad, y que la acompañarían hasta su muerte unos meses después, un 20 de enero de 1993.

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Este es pues el retrato que os quería mostrar, porque tras el mito existe una mujer todavía más fascinante. Para ello, me he basado en extractos del libro Divas Rebeldes de Cristina Morató, un regalo que agradeceré eternamente a mi amiga María. Ella no lo sabe, pero este libro me dio la valentía para escribir públicamente y no avergonzarme de que alguien pudiese leerme.

Después de todo esto, creo que es evidente que el ser humano tras Audrey Hepburn era todavía más gigantesco que el icono del celuloide. Modesta, natural, elegante sobremanera, de una educación exquisita, humilde, brillante, cariñosa, carismática y solidaria… Sencillamente, ETERNA AUDREY HEPBURN.

Fuentes de imágenes: unperfumedelfindelmundo.blogspot.com, Google

8 comentarios

  1. Era Bella por dentro y por fuera!
    la ultima foto me parte el corazon!

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    • La Clé Privée

      La última foto es indescriptible…
      Desde luego era una mujer de bandera, que inspira el intentar superarse a uno mismo cada día.

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  2. Nada me satisface mas que saber que gracias al pequeño empujón brindado, todo el mundo pueda leer y ser partícipe del talento con el que escribes todas las semanas. Y las muchas otras virtudes que demuestas en el blog, mi armario lo sabe muy bien ;). Miles de besos!!!
    Pd: pero lo mejor de todo es tenerte como amiga, un placer del que pocos pueden presumir :)

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    • La Clé Privée

      ¡¡Mil gracias princesa mía!!
      Lo mismo digo, nada mejor que compartir el día a día con mi Dra. Naharro; es un placer tenerte siempre a mi lado :)
      ¡Un beso enoooooorme!

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  3. [...] por algo se caracterizó Audrey Hepburn fue por su enorme personalidad a la hora de elegir su vestuario, así como por tener muy claro la [...]

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  4. Audrey Hepburn me parece una mujer admirable, y es de reconocerse todo el esfuerzo y empeño que hizo durante su carrera. Por eso les recomiendo que visiten la página http://www.1001consejos.com/frases-de-audrey-hepburn/ donde vienen las mejores frases de esta actriz, son muy emotivas.

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  5. [...] hora de empuñar la pluma –lo de la pluma es un decir, ya sólo la utilizas para cartas de amor a Audrey Hepburn o así- y ponerte a escribir. Escribes de lo que ves, de lo que sueñas, de lo que te hace reir o [...]

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